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Dolor psicosomático

Imagínate el caso de Elena y Juan, un matrimonio de ancianos con buena salud y que han pasado toda la vida juntos. Viven solos, sin hijos, sin más familia y ya casi sin amigos. Un día Juan enferma y a los dos meses fallece. Elena pierde las ganas de vivir, se deprime y empieza a encontrarse mal. Al poco tiempo le diagnostican una dolencia cardíaca y una noche se le para el corazón mientras duerme. ¿Crees que es casualidad? El dolor psicosomático se muestra como la expresión física de un problema psíquico. Puede ser que hasta la simple tristeza haya sido la causa original de la muerte de nuestra imaginaria Elena.

Definición de dolor psicosomático

Parece claro que hoy no se puede hablar de lo físico como algo diferente a lo psíquico. Es conocido que, en ocasiones, una persona con cáncer u otra enfermedad grave muestra síntomas relacionados con trastornos psicológicos como la depresión o la ansiedad. Incluso podríamos decir más, porque también las dolencias psíquicas y algunos factores psicosociales pueden ayudar a que las enfermedades consideradas corporales se desarrollen. Descubre qué es el estrés

En este segundo caso es, precisamente, lo que se entiende como un dolor psicosomático. Su definición habla de "aquel trastorno en el que se diagnostica una enfermedad física, con una patología o una fisiología conocidas, y en la que se observan evidentes influencias psicológicas" (Belloch et al,. 1995). Estas influencias pueden manifestarse en el inicio, el curso o en la posible recaída de la enfermedad o dolencia.

El origen del término psicosomático se encuentra en 1818 y fue utilizado por primera vez por el psiquiatra alemán Johann C. Heinroth cuando afirmó que "el origen del insomnio es psicosomático". Sin embargo, hasta entrado el siglo XX no se usa este concepto de una forma regular con el desarrollo de la llamada ‘medicina psicosomática’. Este enfoque médico surge en contraposición al dualismo, que dividía al ser humano desde la antigüedad en cuerpo y alma.

Del alma a la mente

El dualismo ha estado bailando entre nosotros desde siempre. Puede que te suene la división que hacía Platón entre el mundo ideal y el material, de donde hemos sacado ese concepto llamado ‘amor platónico’. También Descartes afirmaba la existencia de espíritu y materia y Kant distinguía entre la razón pura y la razón práctica. Frente a esta concepción se encuentra el monismo que, como Spinoza, entienden que todo lo que existe es una única cosa.

Si nos acercamos al cuerpo humano, la división entre cuerpo y alma se diluye a medida que vamos conociendo mejor el organismo. Este conocimiento nos lleva a la conclusión de que el alma no aparece por ningún lado, así que debe haber un órgano físico que se encargue de elaborar los pensamientos. Las teorías se suceden hasta que, por fin, al observar a personas con daños cerebrales que actúan de forma inadecuada se confirma que eso que nos hace ser quien somos se elabora en el cerebro: la mente, la conciencia, lo psíquico.

Esa magia que haces cada mañana cuando das órdenes a tu cuerpo para que se levante de la cama y vuelva a la realidad, se produce por las conexiones sinápticas entre tus cerca de cien mil millones de neuronas. El despliegue de todo un repertorio de reacciones químicas hace que la energía sea suficiente para salir a la calle a encontrar tu lugar en el mundo. Pero, a veces, nuestro cerebro reacciona de forma inesperada y se producen repercusiones en otras partes del cuerpo, como veremos a continuación.

La sugestión

Seguro que has oído hablar del baile de san Vito. Pues lo vamos a utilizar para mostrar cómo el cerebro humano puede actuar contra su propio cuerpo. Hoy denominamos así al movimiento incesante, inconsciente y que parece incontrolable de alguna extremidad, o lo utilizamos para llamar la atención de un niño que no deja de moverse. Antiguamente se llamaba así a una enfermedad que hoy conocemos como coreomanía. El primer hecho documentado tuvo lugar en Aquisgrán (Alemania) en 1374, pero el más famoso fue en Estrasburgo (Francia) en Julio de 1518 y se conoció como la epidemia del baile.

En esta ciudad, una mujer comenzó a bailar sin ninguna razón aparente en medio de una calle. Su danza se alargó durante días y, curiosamente, se le fueron sumando otras personas. En una semana ya eran 34 los bailarines y al cabo de un mes 400 personas bailaban desenfrenadamente en la calle hasta la extenuación. Algunas empezaron a sufrir ataques de corazón y murieron. Otras caían por derrames cerebrales y muchas otras tuvieron que ser atendidas y realizarles amputaciones de sus piernas maltrechas.

En el siglo XVI también se registró otro caso epidémico en la capilla de san Vito de Drefelhausen (Alemania), donde varias mujeres bailaron durante días en estado de éxtasis día y noche hasta que cayeron rendidas. Muchas repitieron estas prácticas los años posteriores en las celebraciones que cada mes de Mayo tenían lugar en aquel lugar.

Todavía no se sabe a ciencia cierta cuál es la causa de esta sugestión colectiva, pero este tipo de plagas del baile se extendieron por toda Europa durante la Edad Media: Italia, Luxemburgo, Holanda o Inglaterra tuvieron casos en muchas de sus ciudades. El último documentado se halló en Madagascar en 1840.

Es curioso cómo funciona nuestro cerebro. En muchos de estos casos, al conocerse la noticia de que había personas bailando en una localidad cercana, el baile se extendía como una plaga por otras poblaciones. Lo que nos importa señalar es la importancia que tiene la autosugestión para hacer que nuestro cuerpo exprese un trastorno mental. Pero el baile o el mal de san Vito no es la única muestra de cómo afecta lo que pensamos a nuestro cuerpo. Veamos dos más.

El desamor y el efecto placebo

Los estados de ánimo también pueden contagiarse incluso en las ocasiones más graves hasta el punto de llevar a alguien a tener ideas suicidas. Cuando en 1774 se publicó la novela romántica Las penas del joven Werther, de Goethe, la depresión por penas de amor se extendió entre la juventud ilustrada europea. El protagonista de esta obra acaba quitándose la vida después de ser rechazado por la joven de la que estaba enamorado. Muchos imitaron el trágico final hasta el punto de que la novela llegó a estar prohibida en varios países. El propio Goethe afirmó años después «Debe de ser malo, si todos tienen un momento en su vida en el que sientan que Werther ha sido escrito solo para ellos».

Sin embargo, el mismo proceso mental que lleva a este grado de desesperación puede servir para curar el cuerpo. Imagínate dos grupos de personas que sufren dolor de cabeza. Al primero le damos un medicamento para que lo alivie, al segundo le decimos lo mismo, pero en su lugar le damos una pastilla inocua, sin ningún componente analgésico. Pruebas similares a esta demuestran que casi el mismo porcentaje en ambos grupos afirmaba sentirse mejor. Esto pasa también con muchas personas que van al médico con enfermedades psicosomáticas y simplemente por estar en la consulta ya se sienten aliviados.

Los trastornos psicosomáticos

Hasta aquí hemos visto algunos casos de cómo la mente puede engañar al cuerpo y provocar dolor psicosomático o alivio sin ninguna explicación. Además existen otras circunstancias en las que puede producirse la somatización de un malestar. Por ejemplo, el estrés emocional también puede producir molestias físicas. 

No obstante vamos a ver cómo se expresa la mente cuando sí es capaz de propiciar enfermedades reales. Los factores psicológicos pueden perjudicar una condición médica de varias maneras:

- Alterando el curso de una enfermedad
- Interfiriendo con el tratamiento
- Constituyendo un factor de riesgo adicional
- Exacerbando los síntomas

Factores psicológicos

Según los manuales de diagnósticos como el DSM, en los casos señalados, hay seis tipos de factores psicológicos que pueden influir:

  • - Trastornos mentales o síntomas psicológicos. Por ejemplo, la depresión mayor afecta al pronóstico del infarto de miocardio, los síntomas de la ansiedad afectan al asma o a la úlcera péptica.
  • - Rasgos de personalidad o estilos de afrontamiento. La hostilidad, por ejemplo, puede ser un factor de riesgo para la cardiopatía isquémica.
  • - Conductas desadaptativas relacionadas con la salud. El consumo de tabaco o alcohol, el sedentarismo o las prácticas sexuales no seguras pueden derivar en distintas patologías.
  • - Respuestas fisiológicas asociadas al estrés. Pueden afectar a todas las etapas de una enfermedad, precipitándola o exacerbando sus síntomas.
  • - Otros factores no especificados. Por ejemplo, aspectos culturales o demográficos pueden producir efectos negativos en el tratamiento de una enfermedad.

Condiciones médicas relacionadas con el dolor psicosomático

Aunque la mayoría de los enfoques actuales sobre el dolor psicosomático consideran que cualquier enfermedad o dolencia puede ser catalogada como trastorno psicosomático, hay una serie de condiciones médicas que tradicionalmente se consideran más relacionadas. Tenemos seis grandes grupos:

1. Trastornos asociados con el sistema inmune: cáncer; sida; problemas de la piel y alergias; artritis reumatoide, y enfermedades infecciosas.

2. Trastornos cardiovasculares: estrés psicosocial; conducta tipo A; hostilidad, ira y agresión; propensión a los trastornos cardiovasculares, y depresión y ansiedad.

3. Trastornos gastrointestinales: úlcera péptica; síndrome de intestino irritable, y trastorno inflamatorio del intestino.

4. Trastornos respiratorios: asma bronquial.

5. Diabetes: diabetes mellitus.

6.  Dolor crónico: dolor crónico disfuncional.

Todas estas dolencias y enfermedades pueden verse afectadas por condiciones psicológicas. De esta manera pueden hacer somatizar a la persona y de este modo provocar un dolor psicosomático. Sin embargo, recuerda que el cuerpo humano no se puede entender separando la mente del cuerpo. Dicho en palabras de Shakespeare: "Si nos pinchan, ¿acaso no sangramos? Si nos hacen cosquillas, ¿acaso no reímos?".

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