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Pareja

Ruptura sentimental. ¿Cambios en el cerebro?

Juan acaba de sufrir una ruptura sentimental. Dice que le duele el estómago y siente una presión molesta en el pecho. Además, no tiene ganas de hacer nada y cree que ahora su vida ya no tiene sentido. La descripción te parecerá muy típica, pero es que la mayoría de las personas que han atravesado esta situación manifiestan síntomas muy similares.

Es como si en el interior de sus cuerpos se sucedieran las mismas reacciones químicas. Y suele ser así porque eso que se llama la «química del amor» no es solo una expresión metafórica. Tanto el sentirse enamorado como sufrir luego una ruptura sentimental hace que el cerebro reaccione. Neurotransmisores y hormonas se liberan para que todo el organismo celebre o lamente cada una de estas dos vivencias. Vamos a ver qué pasa y por qué ocurre con más detalle.

El amor como adicción

En el cerebro de las personas que acaban de ser abandonadas por sus parejas se activan las mismas zonas que las de quienes empiezan una relación sentimental. Estas partes del cerebro también son las mismas que se ponen en marcha durante el uso de sustancias que crean dependencia, como la nicotina o la cocaína.

El “enganche” de la dopamina

Con la activación de este circuito neuronal, relacionado con la recompensa, se produce una liberación masiva de dopamina. Este neurotransmisor produce una sensación placentera y hace que el individuo desee más de esa experiencia agradable. Si lo relacionamos con el amor, esa experiencia se trata de estar a gusto junto a la persona amada. En lugar de necesitar más droga, necesitamos más de nuestra pareja.

Este es un mecanismo útil al principio de la relación porque ayuda a consolidarla. Si cuando llevas una semana con alguien no te emociona encontrarte con esa persona, es que algo no va bien. El amor necesita ese ‘enganche’ inicial para que los lazos se estrechen y el cerebro lo sabe hacer muy bien. Pero con el tiempo, ese torrente de dopamina que inunda el cerebro y nos ‘ciega’ ante el ser amado disminuye progresivamente.

La relación se estabiliza y nuestro cerebro decide que no tiene por qué gastar energía por las buenas, así que las dosis se reducen. De otra manera sería casi imposible poder atender correctamente a otras necesidades vitales, como el trabajo, el desarrollo personal, el cumplimiento de metas individuales, la atención de la casa y los hijos, etc.

Pero lo que ocurre cuando tu ser amado te dice «tenemos que hablar» es que el cerebro vuelve a activarse ante la posibilidad de la pérdida. Si no recibes tu parte de la dosis, el mecanismo de recompensa se queda sin premio y vuelve la necesidad. El cerebro funciona así para recordarte que no puedes dejarlo sin esa dopamina: tienes que hacer algo. Y si no lo solucionas, hay más consecuencias. De ahí que muchas personas recurran a la terapia de pareja para solucionar sus conflictos.

Un dolor que sí duele

Mediante investigaciones con resonancia magnética, los investigadores han encontrado otras partes del cerebro que se ‘encienden’ durante las crisis de pareja. Son las zonas relacionadas con el estrés y el dolor. En este último caso, se activan las respuestas habituales ante alertas que puedan suponer daños físicos. De esta manera, el cerebro envía señales al cuerpo liberando grandes cantidades de hormonas vinculadas al estrés. Estas sustancias afectan y pueden dañar al corazón, al sistema digestivo y al sistema inmunológico. Así que, a veces, cuando alguien dice «me duele el corazón», no es solo una metáfora.

El amor, ¿una necesidad básica?

Este momento es crítico porque muchas personas no saben gestionar la pérdida, no saben desenamorarse. Se pueden cometer errores como insistirle al otro para que no rompa, suplicarle y hasta aceptar acuerdos humillantes con tal de no perderlo. Y esto, en el mejor de los casos.

No hay que olvidar que nuestro cerebro trata la relación sentimental con su parte más primitiva (el cerebro reptiliano) y la vincula con otras necesidades básicas para la supervivencia, como beber y comer. Sin embargo, el componente cultural no es ajeno a las conductas delictivas o, sin llegar tan lejos, a las que son poco recomendables.

Las respuestas ante la ruptura sentimental

No se puede justificar ninguna respuesta incorrecta argumentando que utilizamos nuestro cerebro primario. Si esto fuera así, sería como aceptar la "ley de la selva". De hecho, el propio cerebro también regula estas respuestas en su zona más evolucionada y que ocupa el 90 % de la corteza cerebral: el neocórtex. Aquí es donde se razona y donde decidimos si lo que nos demandan el cerebro reptiliano y el sistema límbico (encargado de las emociones) es o no aceptable.

De igual manera que podemos decidir dejar de beber alcohol o de fumar, por mucho que a nuestro cerebro le gusten estas prácticas, también podemos aceptar que atravesamos una crisis matrimonial. Nuestra misma corteza frontal se pone manos a la obra porque enseguida activa también otras regiones para mejorar la conducta e inhibir impulsos negativos. Pero claro, si esta misma zona es la encargada de razonar, habrá que ver cómo razonamos.

Actitudes y conductas ante una ruptura sentimental

En las respuestas que damos ante una ruptura sentimental tienen que ver lo que en psicología social se llaman actitudes y conductas. Dicho de una manera sencilla, una actitud es nuestra forma de ver algo y una conducta es lo que hacemos al respecto. Por ejemplo, una actitud proclive a la ecología nos llevará a realizar la conducta del reciclaje.

Si aplicamos esto al amor, para que una ruptura sentimental sea más llevadera y, por supuesto, respete siempre al otro, es necesario revisar nuestras actitudes, nuestra forma de entenderlo. ¿Cuál es el problema? Que tenemos al enemigo en casa, en nuestro propio cerebro.

Nuestra parte más racional no es neutra, está condicionada por nuestra educación y por el entorno en el que se desarrolla. A nuestras espaldas hay cientos de años en los que se ha consolidado la idea de que para ser feliz hay que encontrar «la media naranja». Como si en la unicidad el ser humano fuera incompleto.

Roles culturales que no ayudan

Entendemos el amor como un ideal que da sentido a la vida y que si falta es imposible realizarse, trascender. Sobre la idea del amor romántico hemos construido todas nuestras referencias culturales modernas: la literatura, el cine, la pintura, etc. Hemos creado mitos como el del príncipe azul, galante y valeroso, o el de la ingenua princesa a la que hay que conquistar y proteger de los malvados.

Las películas de más éxito son las que tienen un final feliz, aunque no se sabe si esa felicidad podría resistir un mes más, un año o una década. Si las películas durasen más, ¿los protagonistas seguirían siendo felices? Es más, si esa misma película no tuviera un final feliz, ¿nos gustaría?

El enemigo está en casa porque con nuestra parte racional le decimos a nuestro cerebro que debe aspirar a una realidad inventada, que no existe. La vida no concuerda con ese ideal que aprendemos desde la infancia. Más del 30 % de los matrimonios acaban en divorcio a los pocos años, y si habláramos de separaciones de parejas que no están casadas, el porcentaje aún sería mucho mayor. Ni siquiera entre aquellas que siguen juntas podemos afirmar con seguridad que haya amor o que, si lo hay, vaya a durar de forma indefinida.

Enseñar al cerebro

La ruptura sentimental podría abordarse como algo menos trágico si la actitud ante el amor fuera menos fantasiosa. Así realizaríamos conductas más respetuosas y saludables. Piensa que el dolor provocado por un rechazo amoroso puede durar una media comprendida entre los seis meses y los dos años. La duración depende de muchos factores, entre ellos, la edad. A medida que cumplimos años podemos asumirlo mejor, pero el dolor puede alargarse más tiempo porque la relación rota suele ser de mayor duración. De todas formas, cada relación y cada persona es un mundo.

Más allá de considerar la ruptura sentimental como un fracaso amoroso, la persona que no quiere romper se puede sentir dañada en su autoestima. Por eso, para afrontar el tiempo de duelo es conveniente desplegar toda una batería de recursos que nos sitúen de nuevo en el mundo real de una manera proactiva. El cerebro también colabora en ese empeño intentando regular las emociones: por un lado, te dice que le duele la ausencia del ser amado; por otro, que debes replantearte tu vida, ponerla en orden y mirar hacia el futuro.

Entre los riesgos de esta fase de duelo está la idealización de la relación perdida. Seguro que ni la persona que se fue era tan maravillosa ni la relación era tan feliz. Es posible que los neurotransmisores, los prejuicios o las ideas equivocadas sobre el amor nos impidan ver la realidad. Por eso, cuando el dolor se hace más fuerte es conveniente contar con el asesoramiento psicológico adecuado para seguir adelante. Y para decirle a Juan que ese dolor se le pasará.

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